Jeremy Bentham: El cálculo de la felicidad
¿Cómo determinar lo que es correcto cuando nuestras acciones tienen un impacto en millones de individuos? Si un algoritmo se tiene que decidir entre la privacidad de los usuarios individuales y la seguridad del grupo, ¿qué principio debería dirigirlo? ¿Qué indicador de éxito deberían maximizar los sistemas de inteligencia artificial cuando optimizan resultados que afectan a las vidas humanas? A fines del siglo XVIII, Jeremy Bentham planteó el principio de utilidad y formuló sistemáticamente estas preguntas acerca de la manera de medir y maximizar el bienestar humano: lo correcto es lo que genera más felicidad para la mayor cantidad de personas.
Esta idea, a primera vista sencilla, transformó la filosofía política y moral, y hoy cobra importancia de manera particular en la época de la inteligencia artificial (IA), cuando algoritmos toman decisiones que impactan a millones de personas al optimizar funciones objetivas que tenemos que determinar. Para entender por qué Bentham propuso reducir la moral a una fórmula matemática de dolor y placer, y por qué esa perspectiva fue tan extrema y arriesgada para su tiempo, necesitamos viajar al Reino Unido de finales del siglo XVIII: un país con una revolución política en Francia, un sistema legal británico que Bentham veía como un desorden ilógico que producía sufrimiento innecesario a gran escala y una nación en proceso de transformación industrial.

Londres, 1748: nacer en la era de la razón
Jeremy Bentham nació el 15 de febrero de 1948 en Houndsditch, Londres, y provino de un hogar adinerado. Su abuelo había sido un pañero exitoso y su padre era un abogado próspero. Bentham se desarrolló en un mundo intelectual que cambiaba rápidamente, aunque disfrutó de comodidades materiales.
La Inglaterra de mediados del siglo XVIII atravesaba un período de Ilustración en pleno apogeo. Newton había probado que el universo seguía leyes matemáticas exactas. Locke había sugerido que la mente humana operaba a través de principios naturales, no de enigmas teológicos. La Royal Society fomentaba la investigación basada en la experiencia. Se confiaba en que la razón humana tenía el potencial para entender y mejorar el mundo: tanto la sociedad como la naturaleza y las instituciones políticas.
No obstante, también era un tiempo de desigualdades extremas. El Parlamento estaba bajo el control de la aristocracia terrateniente, que lo hacía a través de distritos electorales con desproporciones absurdas. El sistema legal era un laberinto arcano de precedentes contradictorios, al que solo tenían acceso las élites que podían pagar a abogados caros. Las leyes penales eran extremadamente rigurosas: se podía castigar con la muerte más de doscientos delitos, entre los cuales estaba el robo de una oveja. Las cárceles eran lugares de crueldad y enfermedad.
Bentham, un niño prodigio que empezó a estudiar latín con tres años, fue admitido en Oxford a la edad de doce. Estudió leyes, como su padre quería, pero le horrorizaba el derecho inglés. Solo hallaba un cúmulo desordenado de precedentes históricos, pero no principios racionales. Los juristas usaban los términos “derechos naturales” y “leyes de la naturaleza”, pero no aclaraban a qué se referían. Bentham consideraba que esto era un oscurantismo que mantenía la injusticia.
La Revolución Francesa: esperanza y horror
La Revolución Francesa de 1789 fue el acontecimiento que dejó huella en la generación de Bentham. Al principio, numerosos pensadores británicos la aclamaron como una victoria de los derechos humanos sobre los privilegios de la aristocracia y del razonamiento sobre el despotismo. La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano anunciaba la igualdad, la libertad y la soberanía popular.
Bentham inicialmente simpatizó. Francia trataba de abolir los privilegios feudales, racionalizar su sistema jurídico y crear instituciones fundamentadas en principios lógicos. Esto coincidía con su proyecto. La Asamblea Legislativa de Francia lo designó como ciudadano honorario en 1792, junto a otras personalidades como Thomas Paine y George Washington.
Sin embargo, la revolución se volvió radical. La guillotina ejecutó a decenas de miles de personas durante el Reino del Terror (1793-1794). Bentham miraba horrorizado cómo principios abstractos como la pureza revolucionaria y la virtud eran usados para justificar asesinatos en masa. Esto confirmaba su sospecha: los “derechos naturales” eran ficciones peligrosas. La declaración francesa proclamaba derechos como verdades evidentes. Sin embargo, ¿quién determinaba lo que era “evidente”? Robespierre y sus adversarios se invocaban los mismos derechos para legitimar políticas contrarias. En ausencia de un criterio objetivo para solucionar conflictos, se recurría a la violencia.
Bentham se oponía completamente al lenguaje de los derechos naturales. En su crítica mordaz, escribió que los derechos naturales eran “nonsense upon stilts” —disparate sobre zancos—. Antes de la existencia de la sociedad, no había derechos; todos eran invenciones jurídicas de sociedades concretas. Recurrir a derechos naturales era en realidad un disfraz retórico de las preferencias individuales como si fueran verdades universales.
El principio de utilidad: placer, dolor y cálculo moral
Bentham ofrecía una opción que era radicalmente empirista. La moral no debería basarse en intuiciones misteriosas, mandatos de la divinidad o derechos abstractos, sino en hechos que se pueden observar: los seres humanos persiguen el placer y evitan el dolor. Esta era una verdad psicológica básica que podía verificarse mediante la observación y la introspección.
Bentham desarrolló su principio de utilidad a partir de esto: una acción es justa si contribuye a incrementar la felicidad de las personas cuyos intereses se ven afectados. La felicidad se define como la ausencia de dolor y el placer; la infelicidad, en cambio, es el dolor y la falta de placer. Para el mayor número de personas, lo que es moralmente correcto es maximizar la diferencia entre placer y dolor.
Esta formulación contenía consecuencias innovadoras. En primer lugar, era completamente igualitaria: cada individuo es contado como uno, nadie más allá de uno. El deleite de un rey no tiene más valor que el deleite de un mendigo. Esta era una bomba política en una sociedad aristocrática que legitimaba las jerarquías.
En segundo lugar, era consecuencialista: las acciones se evalúan en función de sus resultados, no de la intención o del cumplimiento de normas. Una mentira que impide el sufrimiento es preferible a una verdad que lo provoca. Esto entraba en conflicto con la moral cristiana tradicional, que destacaba mandamientos incondicionales.
En tercer lugar, era cuantitativo: Bentham estaba convencido de que el dolor y el placer podían medirse y sumarse. Sugirió un “cálculo felicífico”: evaluar acciones en función de la intensidad, duración, certeza, proximidad, fecundidad, pureza y amplitud del placer o sufrimiento que generaban. En términos generales, la moralidad se podía definir a través de matemáticas: restar sufrimientos, sumar placeres y seleccionar la acción con más utilidad neta.
El Panóptico: racionalizar el castigo
El pensamiento de Bentham no era abstracto. Creó instituciones específicas fundamentadas en utilidad. El Panóptico, un diseño arquitectónico para cárceles en el que los guardias de la torre central tenían la capacidad de ver todas las celdas sin que los reclusos supieran cuándo estaban siendo observados, fue su proyecto más conocido.
La propuesta era transformar el castigo. Las cárceles tradicionales eran ineficaces y crueles: juntaban a los criminales sin rehabilitarlos, lo que provocaba que se volvieran peores. El Panóptico emplearía la vigilancia constante con el fin de cambiar comportamientos. Los prisioneros, conscientes de que podían ser vigilados en cualquier instante, internalizarían disciplina. A través de la supervisión del trabajo, adquirirían hábitos que los harán más productivos. La pena sería lógica: el sufrimiento mínimo requerido para evitar el delito.
Bentham gastó fortunas intentando edificar un Panóptico. El proyecto fue finalmente rechazado por el gobierno británico, aunque el concepto tuvo un profundo impacto. En su obra Vigilar y castigar (1975), Michel Foucault sostendría que el Panóptico representaba, de manera metafórica, a la sociedad disciplinaria moderna: una supervisión a través de la vigilancia interiorizada.
Según Bentham, el Panóptico era una representación del utilitarismo puesto en práctica: disminuir el sufrimiento, reformar a los criminales y proteger a la sociedad, todo ello a través de un diseño racional de las instituciones.
Reforma legal: codificación y democracia
Bentham dedicó décadas a promover una reforma legal radical. Promovía la codificación: sustituir el desorden del common law (derecho común) por códigos legales nítidos, ordenados y al alcance de todos. Las leyes debían ser entendibles para la ciudadanía común, no únicamente para los abogados. Cada ley necesitaba justificarse demostrando de qué manera incrementaba la utilidad pública.
Además, abogaba por una reforma democrática radical. Criticaba al Parlamento británico como una oligarquía corrupta. Sugirió el sufragio universal (que incluía a las mujeres, lo cual era una postura extraordinariamente radical para su tiempo), la votación secreta, los comicios anuales y distritos electorales proporcionales. El gobierno debía servir a la mayoría, no a la aristocracia rentista.
Estas propuestas fueron innovadoras. La Gran Bretaña de Bentham era una monarquía constitucional donde solo hombres propietarios votaban. El interés de las élites terratenientes se veía amenazado por la expansión del sufragio. Bentham era considerado por el establishment como un radical peligroso.
Irónicamente, sus ideas tuvieron más influencia fuera de Inglaterra. Brindó asesoramiento a gobiernos de América Latina, Grecia, Portugal y Rusia en relación con reformas legales. Sus discípulos, conocidos como los “Radicales Filosóficos”, lograron con el tiempo algunas reformas en Inglaterra: eliminación de leyes penales obsoletas, ampliación del sufragio y modificación del sistema jurídico.
John Stuart Mill: el heredero crítico
El utilitarismo de Bentham fue desarrollado y refinado por John Stuart Mill, cuyo padre James Mill era discípulo cercano de Bentham.Sin embargo, J.S. Mill realizó cambios significativos que mostraban las limitaciones del utilitarismo de Bentham.
Bentham sostenía que solo la cantidad de placer importaba: “La cantidad de placer siendo igual, pushpin es tan bueno como poesía” (pushpin era un juego infantil simple). Mill no estaba de acuerdo con esto: hay placeres que son superiores a otros en cuanto a calidad. Los deleites intelectuales y morales tienen más valor que los que son exclusivamente sensoriales. “Es mejor ser un Sócrates insatisfecho que un cerdo satisfecho.”
Esta modificación planteaba interrogantes difíciles de resolver: ¿quién decide qué placeres son superiores? ¿No es esto reintroducir juicios de valor no utilitarios? Mill contestaba que las personas que han experimentado ambos tipos de placer tienden a preferir los superiores. Sin embargo, esto parecía entrar en contradicción con el empirismo radical de Bentham.
La inteligencia artificial y Bentham: la ética de los algoritmos
En discusiones acerca de la ética en la IA, se hacen sentir con fuerza las ideas de Bentham. Los algoritmos, en esencia, aplican el utilitarismo: mejoran las funciones objetivas que les proporcionamos. Un sistema de sugerencias eleva el compromiso; un vehículo autónomo tiene la posibilidad de ser programado para reducir las muertes esperadas en accidentes; un algoritmo médico puede maximizar los años salvados.
Este enfoque es atractivo porque es exacto, puede ser cuantificado y optimizado. Podemos determinar de manera precisa qué es lo que deseamos que el algoritmo maximice. Esto parece mejor que apelar a principios difusos, tales como “dignidad” o “derechos”, que los algoritmos no son capaces de operacionalizar.
Sin embargo, surgen problemas serios que Bentham no solucionó. ¿Cuál es el método para medir la utilidad? ¿Simplemente agregamos las satisfacciones de preferencias o ponderamos de acuerdo con la “calidad” como lo hacía Mill? ¿Cómo se comparan las utilidades entre individuos? ¿Se puede comparar el placer de una persona con el de otra en términos cuantitativos?
¿Y qué hacemos con dilemas en los que parece moralmente abominable maximizar la utilidad total? El utilitarismo parece requerir que se sacrifique a un ser humano inocente si eso salva a cinco personas. Pero nuestras intuiciones morales se rebelan. Los críticos, por ejemplo Rawls, sostienen que el utilitarismo considera a los seres humanos simplemente como recipientes de utilidad, no como personas con derechos intangibles. En IA, estos problemas se tornan urgentes. Si programamos coches autónomos para reducir la mortalidad total, ¿tendrían que sacrificar al pasajero para salvar la vida de cinco peatones? ¿Si mejoramos los sistemas médicos para maximizar la cantidad de años de vida salvados, discriminamos sistemáticamente a las personas mayores o con discapacidad?
Bentham nos dejó una poderosa herramienta: la optimización de resultados, la cuantificación de costes y beneficios, así como el análisis sistemático de las consecuencias. Su insistencia en que las instituciones deben demostrar su contribución al bienestar humano se mantiene vigente. Sin embargo, también nos evidenció las limitaciones del reduccionismo ético: la noción de que la ética se restringe a optimizar un solo indicador.
Es ineludible la pregunta benthamita: ¿qué maximizamos? en una época en que los algoritmos mejoran funciones objetivas que impactan a millones de personas. Pero también lo es la advertencia de sus críticos: ciertos valores no deben ser términos de una ecuación, y tratar la moralidad como simple optimización puede llevarnos a conclusiones que, aunque lógicas, violan profundamente nuestra comprensión de lo que significa tratar a los humanos como fines en sí mismos, no como variables en un cálculo.
Bentham soñaba con un cálculo moral tan preciso como las matemáticas. La IA lo ha hecho realidad. ¿Por qué entonces nos inquieta tanto cuando vemos ese sueño cumplido en forma de algoritmos que optimizan nuestra felicidad sin preguntarnos si es la felicidad que realmente queremos?