ἀπορία

El término “aporía”, del griego “sin camino”, designa una paradoja, dilema o problema lógico sin una salida clara. Representa la perplejidad y la duda que surgen ante contradicciones irresolubles en un razonamiento. En “Aporías de Silicio”, exploramos estas encrucijadas filosóficas que emergen en el mundo codificado de la inteligencia artificial.

Noam Chomsky: El lenguaje como un medio para acceder a la mente

¿Qué tiene un niño de dos años que no poseen los sistemas de inteligencia artificial (IA) más sofisticados del mundo? La respuesta que dio Noam Chomsky hace más de medio siglo —una estructura mental innata, una gramática universal inscrita en nuestra biología— parecía especulativa entonces. Hoy, frente a modelos de lenguaje que devoran bibliotecas enteras y aún así carecen de comprensión genuina, su teoría adquiere una relevancia inesperada y perturbadora.

Sin embargo, para entender por qué su respuesta continúa siendo tan provocativa y por qué sostiene que los modelos de lenguaje más grandes no “entienden” nada, debemos movernos a un mundo muy distinto: el de la posguerra en Estados Unidos, una época en la que el conductismo lideraba las ciencias mentales y la lingüística era una disciplina secundaria.Las ideas de Chomsky no aparecieron de la nada, sino que fueron una reacción revolucionaria a las ortodoxias científicas de su época y a las necesidades políticas de un país en guerra constante.

Índice
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    El ámbito de la Guerra Fría y la revolución cognitiva

    Noam Chomsky, nacido en Filadelfia en 1928, poco antes de la Gran Depresión. Su niñez se desarrolló entre la crisis económica y el fascismo europeo, que iba en aumento. Sin embargo, fue el mundo de la posguerra el que tuvo una influencia determinante en su pensamiento. Aunque la Segunda Guerra Mundial ya había concluido, Estados Unidos se involucró de inmediato en la Guerra Fría, un enfrentamiento que marcaría las próximas cuatro décadas.

    La década de los cincuenta y la de los sesenta, en la cual Chomsky formuló sus teorías esenciales, fue un periodo de fuerte militarización en el ámbito científico. El gobierno de los Estados Unidos hacía una gran inversión en investigación: cibernética, teoría de la información y primitiva inteligencia artificial. El MIT, institución en la que Chomsky trabajaría desde 1955, constituía un núcleo de esta revolución tecnológica, la cual era financiada por el Pentágono. En este contexto de optimismo tecnocrático, Chomsky elaboraría tanto una teoría revolucionaria del lenguaje como una crítica aplastante al poder estadounidense; lo cual resulta paradójico.

    La sociedad estadounidense de aquella época también era un terreno de confrontación política. El macartismo había infundido terror en los intelectuales de izquierda. Después vendría el Movimiento por los Derechos Civiles, que retaría las estructuras de segregación racial. Por último, Vietnam: un conflicto bélico que dividió la nación por la mitad y que Chomsky denunciaría con tal ferocidad que lo transformaría en enemigo de las instituciones establecidas. Su vida intelectual nunca disoció la responsabilidad política de la ciencia y el lenguaje.

    Chomsky fue educado en un hogar de inmigrantes judíos, fuertemente influenciado por la tradición intelectual del judaísmo secular de izquierda. William Chomsky, su padre, era un académico de hebreo reconocido. Su temprana inmersión en el estudio sistemático del lenguaje, así como su participación en círculos de izquierda radical desde la adolescencia —se mezclaba con círculos socialistas y anarquistas—, contribuyeron a crear una personalidad singular: un científico meticuloso y un activista incansable.

    El conductismo y la tiranía de la página en blanco

    En la década de 1950, cuando Chomsky se unió al ámbito académico, el conductismo era la corriente predominante en psicología, especialmente la versión radical que B.F. Skinner había defendido. Esta tendencia afirmaba que todas las conductas, incluido el lenguaje, eran generadas por el condicionamiento: estímulo y respuesta, refuerzo y castigo. La mente humana era una “caja negra” a la que no se podía acceder; solamente era legítimo estudiar las conductas visibles desde el punto de vista científico.

    Según la teoría conductista, los niños adquirían el lenguaje por medio de la imitación y el refuerzo, tal como las ratas aprendían a accionar palancas en experimentos de laboratorio. No era necesario suponer que existieran habilidades especiales o estructuras mentales innatas. El lenguaje era simplemente un hábito más, que se adquiría por repetición y exposición. Esta perspectiva se alineaba de manera ideal con el empirismo filosófico predominante, que consideraba la mente como una “tabula rasa”, es decir, una hoja en blanco en la cual la experiencia plasmaba todo lo que se sabía.

    Esta ortodoxia conductista no era solo científica: era también ideológica y estratégicamente útil durante la Guerra Fría. Si los seres humanos eran infinitamente moldeables mediante el condicionamiento, entonces las técnicas de persuasión, propaganda y control social adquirían una legitimidad científica. La CIA y el Pentágono financiaron extensamente investigaciones sobre control mental, lavado de cerebro y técnicas de interrogatorio basadas en principios conductistas. El conductismo significaba que la humanidad era infinitamente moldeable y que el condicionamiento social y la educación eran capaces de modificar radicalmente la esencia del ser humano. Era una perspectiva que, paradójicamente, resultaba tanto optimista —rechazaba las limitaciones innatas— como peligrosamente reduccionista y mecanicista. Chomsky, al afirmar que existía una naturaleza humana innata, no solo desafiaba una teoría científica: cuestionaba las bases de un proyecto de ingeniería social que veía a las personas como material maleable.

    Chomsky hizo estallar una bomba en esta unanimidad. En 1959 publicó en la revista Language una reseña demoledora del libro de Skinner Verbal Behavior (1957). No se trataba de una simple crítica académica: era un ataque sistemático de 33 páginas que desmontaba los fundamentos mismos del conductismo aplicado al lenguaje. Chomsky demostró que conceptos centrales como “estímulo”, “respuesta” y “refuerzo” —que funcionaban en el laboratorio con ratas— perdían todo poder explicativo cuando se aplicaban al lenguaje humano. ¿Qué es el “estímulo” que hace que un niño diga “el cielo es azul”? ¿La totalidad del universo visible? El conductismo, argumentaba Chomsky, no podía explicar la creatividad lingüística: que los niños producen y entienden oraciones sin haberlas oído antes. Si el lenguaje se limitara a ser imitación, ¿cómo sería posible que un niño de tres años sea capaz de crear un número infinito de nuevas oraciones gramaticales? Esta reseña es considerada uno de los textos fundacionales de la revolución cognitiva.

    La escasez del estímulo y la gramática universal

    La opción de Chomsky era extrema: los humanos nacen con una habilidad lingüística natural, una “gramática universal” que es parte de nuestra dotación biológica. Esta facultad no es una página vacía, sino una estructura específica y rica que permite la adquisición del lenguaje. Su planteamiento se fundamentaba en lo que denominó “la pobreza del estímulo”: los niños son expuestos a datos lingüísticos incompletos, fragmentados y erróneos. Y a pesar de ello, en unos pocos años, alcanzan un sistema de conocimiento sumamente complejo sin recibir instrucción explícita. ¿De qué manera es esto posible? Solo si llegan al mundo con principios naturales acerca de lo que podría ser un idioma humano.

    Estas ideas fueron desarrolladas por Chomsky en obras básicas como Estructuras sintácticas (1957) y Aspectos de la teoría de la sintaxis (1965), que establecieron el marco de la gramática generativa. Décadas después, en los años noventa, Chomsky reformularía su teoría con el llamado ‘programa minimalista’, una búsqueda de los principios más elementales y económicos que subyacen al lenguaje humano. La pregunta central cambió: no solo qué hace posible el lenguaje, sino por qué el lenguaje humano tiene exactamente las propiedades que tiene y no otras. ¿Es el lenguaje una solución óptima a las necesidades de la interfaz entre pensamiento y sonido?

    Su propuesta técnica era compleja pero elegante: existen principios universales compartidos por todos los idiomas —como la recursividad, que permite incrustar estructuras dentro de otras infinitamente— y parámetros que se fijan según el contexto lingüístico particular. Las lenguas, por ejemplo, poseen estructuras jerárquicas (no son simples secuencias lineales de palabras), aunque el orden de los constituyentes varía entre ellas: el inglés sitúa el verbo antes del objeto, el japonés después.

    La “revolución cognitiva”, que se produjo en esta época, modificó no solo la lingüística, sino también todas las ciencias cognitivas. Chomsky evidenció que era posible —y necesario— examinar la mente como un órgano biológico con características particulares. Tuvo un impacto en generaciones de neurocientíficos, filósofos, psicólogos y también científicos computacionales que a lo largo de las décadas de 1960 y 1970 se esforzaban por programar máquinas para procesar el lenguaje natural.

    Sin embargo, Chomsky siempre subrayó una diferencia fundamental: la de competencia (el conocimiento implícito del sistema lingüístico) y actuación (la aplicación efectiva del idioma en situaciones concretas). Su teoría tenía como objetivo describir la competencia o la gramática mental del hablante ideal. Esta distinción tendría un impacto significativo en la comprensión de lo que realmente significa “conocer” un idioma.

    Desde el comienzo, la teoría lingüística de Chomsky tuvo consecuencias que iban más allá del laboratorio. Chomsky estaba poniendo límites políticos y éticos esenciales al sostener que los humanos tenemos una estructura mental innata, es decir, una naturaleza cognitiva particular que no puede ser moldeada arbitrariamente por el ambiente. Si hay una gramática universal que está incorporada en nuestra biología, entonces hay elementos de la condición humana que no pueden ser modificados o eliminados por ningún sistema social, ninguna política y ningún proyecto de ingeniería social. La autonomía de la mente, así como su habilidad creativa insustituible, se vuelve una fortaleza contra el totalitarismo.

    Esta perspectiva se oponía de manera directa a las ortodoxias de su época, que incluían tanto el conductismo, el cual rechazaba cualquier característica humana innata, como los planes políticos de izquierda y derecha, que aseguraban la creación del “hombre nuevo” a través de la propaganda, la educación o el condicionamiento. Según Chomsky, aceptar nuestra naturaleza biológica no era una capitulación ante el determinismo, sino exactamente lo contrario; era la situación imprescindible para comprender nuestras auténticas limitaciones y habilidades y para edificar sociedades que las respeten en vez de violentarlas.

    La crítica del poder y el intelectual público

    Al mismo tiempo que realizaba su trabajo científico, Chomsky se destacó como una de las voces más críticas del imperialismo norteamericano. Su rechazo a la guerra de Vietnam lo hizo un referente importante del movimiento contra la guerra. Obras como “La responsabilidad de los intelectuales” (1967) denunciaban la manera en que académicos de renombre legitimaban la violencia estatal.

    Según Chomsky, esta dualidad —ser un científico revolucionario y un disidente político— no era contradictoria, sino profundamente coherente. Las dos dimensiones tenían una profunda desconfianza hacia cualquier autoridad que intente limitar o refutar la autonomía de la mente humana: el conductismo, por ejemplo, negaba nuestra naturaleza cognitiva innata y nos convertía en máquinas de estímulo-respuesta; y el Estado, por su parte, genera consenso a través de la propaganda y la creación del consentimiento. Defendía Chomsky, en ambos casos, la misma tesis: los seres humanos son organismos con estructuras mentales específicas y no arcilla moldeable, lo que les permite ser creativos de manera genuina y, por consiguiente, resistentes. La libertad de pensamiento que defiende en política es la misma independencia cognitiva que propone en su teoría lingüística. Además, las dos compañías tenían un compromiso inquebrantable con la verdad empírica en lugar de las ortodoxias convenientes.

    El lenguaje en la era de las máquinas: ¿imitación o comprensión?

    En la era de los modelos de lenguaje extensos como GPT, Claude o Gemini, las ideas de Chomsky adquieren una urgencia inesperada. Cuando estos sistemas producen texto coherente, sofisticado y aparentemente inteligente, surge la pregunta fundamental: ¿han adquirido el lenguaje de la misma manera que lo hace un niño? ¿Poseen competencia lingüística en el sentido chomskyano?

    La respuesta de Chomsky ha sido contundente y no ha cambiado desde sus primeros pronunciamientos sobre IA. En un artículo publicado en The New York Times en 2023 titulado “The False Promise of ChatGPT“, junto con los filósofos Ian Roberts y Jeffrey Watumull, Chomsky caracterizó estos sistemas como “high-tech plagiarism” —plagio de alta tecnología— y como una forma de “apathy toward truth” (apatía hacia la verdad). Su crítica tiene tres ejes fundamentales:

    • Primero, la ausencia de principios universales. Estos sistemas, entrenados con cantidades masivas de texto —miles de millones de palabras—, funcionan mediante correlación estadística: aprenden qué palabras tienden a aparecer juntas en determinados contextos. Esto es exactamente lo contrario de lo que predice la teoría de la “pobreza del estímulo”. Un niño adquiere el lenguaje con una fracción minúscula de los datos que consume un LLM, y sin embargo alcanza una competencia genuina. ¿Por qué? Porque llega al mundo con los principios universales que restringen qué es posible en un lenguaje humano. Los LLMs, en cambio, solo tienen datos: aprenden todo mediante fuerza bruta estadística, sin estructura innata alguna.
    • Segundo, la distinción entre competencia y actuación. Recordemos que para Chomsky, la competencia es el conocimiento implícito del sistema lingüístico —la gramática mental—, mientras que la actuación es el uso efectivo del lenguaje en situaciones concretas. Los modelos de lenguaje son puros sistemas de actuación: generan texto que parece gramatical y contextualmente apropiado, pero no poseen una representación interna de las reglas gramaticales. No “saben” por qué una oración es correcta o incorrecta; simplemente han aprendido patrones de distribución de palabras. Es la diferencia entre un loro que repite “Polly wants a cracker” y un hablante que entiende la estructura sintáctica de la petición.
    • Tercero, la creatividad genuina versus la recombinación estadística. La creatividad lingüística humana no consiste en recombinar patrones previamente vistos —eso lo hace cualquier sistema estocástico—, sino en la capacidad de generar y comprender expresiones completamente nuevas basándose en principios estructurales. Un niño que dice por primera vez “el perro comió mi tarea” no está imitando una frase que escuchó; está aplicando reglas recursivas que le permiten crear infinitas oraciones nuevas. Los LLMs, por sofisticados que sean, permanecen dentro del espacio estadístico de sus datos de entrenamiento.
    Las implicaciones éticas y epistemológicas

    Esta crítica no es nostálgica ni tecnófoba. Es una advertencia sobre consecuencias concretas. Sistemas que no poseen comprensión genuina pero simulan competencia lingüística representan peligros específicos:

    • Replicación acrítica de sesgos: Sin principios éticos internos o comprensión real, estos modelos amplifican los prejuicios, falsedades y toxicidad presentes en sus datos de entrenamiento. No pueden distinguir entre verdad y falsedad, solo entre patrones frecuentes e infrecuentes.
    • La confusión entre forma y contenido: El riesgo mayor es que usuarios, corporaciones y gobiernos confundan la fluidez superficial con el entendimiento profundo. Esto ya sucedió con el conductismo: se confundió la conducta observable con los procesos mentales subyacentes. Estamos repitiendo el error a escala industrial.
    • La erosión del pensamiento crítico: Si confiamos en sistemas que generan respuestas plausibles sin comprensión real, delegamos el juicio y el razonamiento a mecanismos estadísticos. Chomsky advierte que esto representa una amenaza a la autonomía intelectual humana comparable a la que denunció en la propaganda estatal.
    La pregunta permanente

    Las cuestiones que Chomsky formuló hace más de seis décadas —¿qué significa realmente conocer un idioma? ¿Qué es específicamente humano en nuestra capacidad para el lenguaje? ¿Cómo distinguimos la comprensión genuina de la mera imitación sofisticada?— continúan siendo las preguntas pertinentes para evaluar las máquinas que actualmente dicen “hablar” como nosotros.

    El debate está lejos de resolverse. Hay investigadores que argumentan que la escala computacional eventualmente producirá emergencia de capacidades genuinas, que la diferencia entre correlación estadística masiva y comprensión genuina es de grado, no de tipo. Otros, siguiendo a Chomsky, insisten en que hay una diferencia cualitativa fundamental: entre sistemas que implementan principios estructurales universales y sistemas que meramente aproximan distribuciones estadísticas.

    Pero desoír las enseñanzas de Chomsky equivaldría a repetir los errores del conductismo: confundir la conducta observable —en este caso, texto fluido y coherente— con la comprensión profunda que requiere estructura innata, principios universales y creatividad genuina. La pregunta no es si las máquinas pueden imitar el lenguaje humano —claramente pueden—, sino si esa imitación constituye lenguaje en el sentido que importa: como ventana a la mente, como manifestación de nuestra naturaleza cognitiva única, como herramienta del pensamiento y no solo de la comunicación.

    En última instancia, el legado de Chomsky nos recuerda que el lenguaje no es solo un conjunto de datos ni un catálogo de patrones. Es la expresión más profunda de lo que significa ser humano.

     

     

    Pregunta de Reflexión y Debate

    Después de leer este artículo, reflexiona sobre tus conversaciones con ChatGPT, Claude o cualquier IA: ¿alguna vez has sentido que realmente te 'entienden', o solo producen respuestas estadísticamente probables? ¿Cambia algo saber que carecen de gramática universal? ¿Importa realmente la diferencia si el resultado práctico es indistinguible?

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