Hans-Georg Gadamer: La verdad como diálogo en un mundo dividido
Al hablar con Claude o ChatGPT, ¿crees que estas inteligencias artificiales (IA) “entienden” lo que decimos o solamente procesan patrones de texto a nivel estadístico? Esta pregunta, que ocupa un lugar central en las discusiones contemporáneas acerca de la IA, tiene orígenes profundos en una corriente filosófica conocida como hermenéutica: el estudio de la interpretación y la comprensión. Hans-Georg Gadamer (1900-2002), su mayor representante en el siglo XX, se dedicó a investigar lo que realmente significa entender algo: una obra de arte, un texto o a otra persona.
Entender no es un proceso neutral y objetivo para Gadamer, sino una conversación viva entre diferentes horizontes históricos. Siempre interpretamos desde un lugar situado, lleno de prejuicios (en el sentido de “juicios previos”) que hacen posible cualquier entendimiento. Esta perspectiva cuestiona de manera radical la noción de que un sistema suficientemente avanzado podría lograr una comprensión “pura” o “descontextualizada”, que es precisamente la clase de procesamiento que define a los modelos lingüísticos contemporáneos. ¿Qué nos enseña Gadamer acerca de las oportunidades y restricciones de la IA? Para dar una respuesta, es necesario que primero comprendamos su filosofía en el contexto de la historia.

La vida de Hans-Georg Gadamer (1900-2002) se extendió a lo largo de todo el siglo XX, lo cual no es simplemente una anécdota biográfica, sino que constituye la clave para comprender su filosofía. Presenció el surgimiento y la caída de ideologías, imperios y certezas. En medio de este torbellino, su obra más importante, Verdad y Método (1960), se establece como una reflexión profunda acerca de la esencia del entendimiento humano. Gadamer nos invita a comprender que la comprensión no consiste en un acto de posesión objetiva, sino en un evento participativo: un diálogo inestable y constante entre lo pasado y lo presente. Su filosofía, que se llama hermenéutica filosófica, intenta curar la división contemporánea entre la ciencia y la vida.
Un siglo de rupturas y la influencia de Heidegger
Gadamer nació en el Imperio Alemán, presenció la República de Weimar, vivió durante el Tercer Reich y trabajó en una Alemania que había sido dividida por la Guerra Fría. Falleció en una Alemania que ya se había reunificado. Esta experiencia singular le otorgó una visión privilegiada acerca de la historicidad de la existencia humana. A diferencia de filósofos alemanes como Theodor Adorno o Herbert Marcuse (de la Escuela de Frankfurt, con quienes más tarde debatiría) que se exiliaron, Gadamer se quedó en Alemania durante el nazismo, refugiándose en el estudio apolítico de los clásicos griegos y practicando una especie de “emigración interior”. Sin duda, esta experiencia de navegar un régimen totalitario le hizo reforzar su escepticismo frente a las aspiraciones de una razón absoluta y ahistórica, además de guiarlo hacia la sabiduría práctica que se encuentra en el diálogo y en la tradición.
No obstante, su maestro Martin Heidegger dejó una huella indeleble en su formación intelectual. Heidegger, en El Ser y el Tiempo, había hecho volar por los aires la filosofía moderna al sostener que el ser humano (Dasein) no es un sujeto pensante aislado que mira un mundo de objetos (el “yo” de Descartes). En cambio, somos seres humanos “lanzados” a un mundo en el que siempre estamos inmersos en una red de relaciones, historia, cultura y lenguaje que no escogemos. Según Heidegger, el “comprender” (Verstehen) no es una actividad intelectual más, sino que representa nuestra forma esencial de ser. Siempre estamos interpretando el mundo a partir de nuestra posición histórica.
Gadamer adoptó esta innovadora idea existencial y la utilizó como base para reconsiderar las ciencias humanas (Geisteswissenschaften). La forma en que esta condición impacta nuestro entendimiento de un texto, una obra artística o la historia misma es algo que Gadamer se cuestionó, si consideramos que Heidegger nos mostró que somos seres esencialmente históricos.
Más allá de la metodología: La habilidad de comprender
El título de su obra, Verdad y método, contiene una paradoja deliberada. El libro es una dura crítica a la fijación contemporánea por el “método” científico como único camino hacia la verdad. Gadamer sostiene que la verdad que percibimos en una sinfonía de Beethoven, en un poema de Rilke o en un diálogo de Platón es totalmente diferente a la verdad de una ley física. Para Gadamer, es un error categórico intentar examinar una obra de arte con la misma imparcialidad y lejanía que emplea un científico al estudiar un mineral, lo cual nos impide vivir su verdad.
Gadamer revaloriza audazmente un concepto que la Ilustración ha denostado: el prejuicio (Vorurteil), con el fin de explicar cómo es que ocurre la comprensión en las humanidades. El prejuicio ha sido considerado un impedimento para la razón desde Descartes, siendo una fuente de error que debe ser erradicada para lograr el conocimiento objetivo. Gadamer reinterpreta esta noción: los prejuicios, que se comprenden como “juicios previos”, no son simplemente inevitables, sino que constituyen la condición necesaria para cualquier entendimiento.
Constituyen nuestro ‘horizonte’: el conjunto de experiencias, preguntas y supuestos que heredamos de nuestra cultura y lenguaje, y que funcionan como el lente a través del cual vemos el mundo. No podemos salir de nuestra ‘piel histórica’ para adoptar una perspectiva neutral, desde ningún lugar. Siempre miramos desde algún lugar. Sin estos prejuicios, no tendríamos idea de qué preguntas formularle a un texto.
El diálogo con la tradición y la fusión de horizontes
Entonces, ¿de qué manera comprendemos algo que pertenece a un lugar y una época diferentes, como la obra Antígona de Sófocles? La respuesta de Gadamer no consiste en tratar de recomponer la psicología de Sófocles o la mentalidad de un ateniense del siglo V (una tarea impracticable). En realidad, la comprensión es un diálogo.
Desde nuestra perspectiva del siglo XXI, nos acercamos al texto con nuestras preguntas y prejuicios. Por su parte, el texto nos habla desde su propio panorama histórico. En esta unión, el texto puede cuestionar nuestras suposiciones y nosotros podemos hacer visibles partes del texto que no eran evidentes en su propia época. Entender es una ‘fusión de horizontes’ (Horizontverschmelzung). Es un acontecimiento en el que el significado no es ni lo que el autor originalmente quiso expresar, ni lo que proyectamos arbitrariamente, sino algo nuevo que emerge del encuentro entre pasado y presente.
Gadamer considera que el lenguaje no es una mera herramienta, sino el entorno en el que vivimos y por medio del cual comprendemos el mundo; así, este diálogo siempre tiene lugar a través de él. Y la tradición es el medio de transporte de este lenguaje a lo largo del tiempo. La tradición no es un museo con reliquias muertas, sino la transmisión de este diálogo a través del tiempo. Ser parte de una tradición significa tener algo que decir y algo en lo que escuchar.
La pregunta, la aplicación y el círculo hermenéutico
Tres ideas más de Gadamer son particularmente esclarecedoras para reflexionar sobre la IA.
- En primer lugar, la primacía de la pregunta: según Gadamer, toda comprensión auténtica se origina a partir de una pregunta que aparece cuando nos encontramos con algo extraño o desconcertante. No se trata de implementar un método preestablecido, sino de permitirnos ser interpelados. Las preguntas no son únicamente entradas que persiguen salidas; al mismo tiempo, configuran el espacio del diálogo. Esto es diferente a lo que hacemos con los “prompts” que damos a las IA: ¿el modelo de lenguaje formula preguntas auténticas o solo simula respuestas a nuestras instrucciones?
- En segundo lugar, la noción de aplicación (Anwendung): Gadamer sostiene que entender un texto no es primero comprenderlo “teóricamente” para después ponerlo en práctica. Entender es poner en práctica ya, o sea, descifrar qué quiere decir ese texto para nosotros, aquí y ahora. La fusión de la interpretación y la aplicación que se presenta aquí es un reflejo de lo que los griegos denominaban phronesis (sabiduría práctica): la habilidad para juzgar en función de las circunstancias, una capacidad que diferencia el juicio humano del cumplimiento de reglas algorítmicas. ¿Es posible que las IA generen algo similar a la phronesis, o están destinadas a implementar patrones sin entender su importancia en un contexto determinado?
- En tercer lugar, el círculo hermenéutico: no podemos entender las partes sin entender el todo, ni al revés. Esta estructura circular no es un defecto lógico, sino la misma forma de entender. De alguna manera, la capacitación de modelos de lenguaje a través de iteraciones sucesivas se asemeja a este procedimiento; sin embargo, existe una diferencia fundamental: el círculo hermenéutico gadameriano conlleva un cambio mutuo entre el intérprete y el texto, no se limita únicamente a la adaptación de parámetros estadísticos.
Gadamer en la era de la IA
La filosofía de Gadamer nos obliga a interrogarnos de manera incómoda en una época donde los modelos lingüísticos más complejos tienen la capacidad de traducir idiomas, redactar textos coherentes e incluso componer poesía. ¿Es la comprensión que muestra una IA como GPT-5 o Gemini auténticamente similar a la humana, o es fundamentalmente distinta? Para Gadamer, entender significa ser transformado por lo que entendemos, ubicarnos en un marco histórico y dejarnos interpelar por preguntas inesperadas. Los modelos de IA, sin importar su complejidad, manejan el texto sin tener en cuenta la historia personal o la tradición vivida, y no tienen la capacidad de ser auténticamente sorprendidos o transformados.
Gadamer también nos previene, sin embargo, de otro error: pensar que hay una comprensión “pura”, objetiva y descontextualizada. Los sesgos de los modelos de IA no son meramente errores técnicos que pueden corregirse con más datos o mejores algoritmos; en cierto modo, son inevitables, como nuestros propios prejuicios, ya que toda manipulación de información se realiza desde algún punto de vista y con un conjunto de prioridades integradas en el diseño del sistema. Por lo tanto, la cuestión no es cómo construir una IA desprovista de sesgos, sino cómo hacer que esos “horizontes” algorítmicos se expresen y puedan ser negociados.
Por último, Gadamer nos advierte que la verdad no es un bien que tengamos, sino algo que surge en el diálogo. En vez de preocuparnos por si las IA “comprenden” como lo hacemos nosotros, tal vez debamos plantearnos: en un mundo en el que confiamos cada vez más en sistemas artificiales para realizar interpretaciones, ¿cómo podemos mantener activa la conversación humana? ¿Cómo mantenemos la naturaleza dialógica, histórica y transformadora de la comprensión ante el rendimiento del procesamiento algorítmico? Conforme la inteligencia artificial se incorpore a nuestras prácticas de interpretación diarias, estas cuestiones gadamerianas se tornarán más urgentes.
Si ChatGPT puede explicar a Platón sin haberlo vivido, ¿realmente necesitamos 'horizonte histórico' para comprender un texto, o Gadamer sobreestimó la importancia de nuestra situación vital? Si los prejuicios son inevitables incluso en la IA (sesgos algorítmicos), ¿deberíamos aspirar a eliminarlos o, como sugiere Gadamer, a hacerlos explícitos y ponerlos en diálogo?