Gilbert Simondon: En pos de una reconciliación entre el ser humano y la máquina
¿Qué sucede cuando dejamos de entender las tecnologías que usamos? Cuando los sistemas de inteligencia artificial toman decisiones que afectan nuestras vidas—qué contenido vemos, si nos aprueban un préstamo, qué tratamiento médico recibimos—pero no comprendemos cómo funcionan, experimentamos lo que el filósofo francés Gilbert Simondon (1924-1989) llamó “alienación técnica”: el extrañamiento que surge no de las máquinas mismas, sino de nuestra ignorancia sobre ellas.
Simondon fue un pensador absolutamente original cuya obra permaneció en la penumbra de los grandes filósofos de su época, pero hoy es considerado uno de los teóricos más premonitorios del siglo XX para entender nuestra relación con la tecnología. Su proyecto filosófico partía de una intuición fundamental: el conflicto entre el ser humano y la técnica en la cultura moderna no es inevitable, sino que puede resolverse cambiando radicalmente nuestra manera de pensar los objetos técnicos—no como esclavos inertes o amenazas incomprensibles, sino como manifestaciones de la creatividad humana y extensiones de nuestros procesos naturales.

Un pensador entre dos mundos
Las circunstancias en las que Simondon se desarrolló fueron las de la Francia de posguerra, un país que experimentaba una modernización acelerada y una reconstrucción total durante el periodo denominado Les Trente Glorieuses (Los Treinta Gloriosos). No obstante, este crecimiento tecnológico coexiste con una cultura de tecnofobia arraigada.
Por una parte, la filosofía que predominaba era la de Jean-Paul Sartre, el existencialismo, y el humanismo de la tradición literaria. En estas líneas de pensamiento, la tecnología era simplemente un telón de fondo para el drama de la libertad y la conciencia del ser humano, en el mejor de los casos. Con frecuencia, se la percibía de forma negativa: como el emblema de la deshumanización del trabajo fabril (alienación marxista), de la falta de autenticidad en la sociedad consumista o de la crueldad inherente a la guerra industrial. La máquina representaba lo opuesto al ser humano: lo inerte y carente de sentido frente a la conciencia libre.
Por otra parte, surgía con fuerza un modelo científico innovador: la teoría de la información de Claude Shannon y la cibernética de Norbert Wiener. Este nuevo campo de estudio se ocupaba de los sistemas de control y comunicación, tanto en organismos vivos como en máquinas. Para ello, empleaba términos como “sistema”, “información” y “retroalimentación” (feedback). Simondon se sintió fascinado por la cibernética, ya que esta brindaba un lenguaje para concebir la máquina de una manera totalmente distinta: no como un mero conjunto de elementos, sino como un sistema organizado y dinámico, más parecido a un organismo vivo de lo que había supuesto la filosofía tradicional.
Simondon, formado en la prestigiosa École Normale Supérieure como filósofo pero apasionado por la tecnología práctica (trabajaba personalmente con máquinas y estudiaba ingeniería de forma autodidacta), se posicionó en el punto de cruce de estas dos culturas. Fue uno de los pocos pensadores de su tiempo capaces de dialogar con ingenieros y cibernéticos sin perder el rigor filosófico. Observó que ni la perspectiva funcionalista pura de los ingenieros ni el desdén humanista eran capaces de captar lo que verdaderamente es el objeto técnico.
Más allá de lo material y lo formal: La individualización
Simondon tuvo que derribar previamente un pilar del pensamiento occidental, el hilemorfismo, en su proceso de edificar su nueva filosofía. Este esquema, heredado de Aristóteles, presenta la creación técnica de forma simple: un artesano activo impone una forma (morphē) sobre una materia (hylē) pasiva—como cuando un alfarero moldea arcilla. Para Simondon, esta visión es una caricatura que ignora lo que realmente sucede en el proceso técnico: un diálogo complejo donde cada material tiene sus propias tendencias y resistencias, y donde la forma emerge como solución a tensiones específicas.
Simondon sostuvo que esta perspectiva es una caricatura de lo real. Desatiende el complicado diálogo que se produce en el proceso técnico, en el cual cada material cuenta con sus propias características y tendencias, y donde la forma surge de una solución a tensiones y dificultades.Simondon, en cambio, sugirió su idea principal: la individuación. La realidad fundamental, a su juicio, no está formada por individuos ya constituidos (sujetos, objetos, átomos), sino que es un proceso permanente de devenir o “individuación”. Tanto un cristal como un ser vivo o una idea surgen de un campo “preindividual” repleto de potencialidades mediante un procedimiento de estructuración.
Esta misma lógica la aplicó en el ámbito tecnológico. No se puede considerar un objeto técnico como una mera “invención” o como la combinación de partes. Es el resultado de un proceso de materialización: la realización de una solución para un problema técnico. Una máquina “primitiva” es abstracta dado que sus elementos llevan a cabo una sola función. Por el contrario, un motor moderno es un objeto extremadamente “concreto” debido a que sus componentes son multifuncionales y están fuertemente vinculados entre sí, constituyendo un sistema consistente en el que la función y la estructura son inseparables. Las aletas de refrigeración de un cilindro, por citar un caso, son simultáneamente una solución funcional a la cuestión de disipar calor y una parte del diseño.
Los tres niveles del ser técnico
Simondon sugirió diferenciar tres niveles o “modos de existencia” para entender verdaderamente un objeto técnico. En primer lugar, está el componente técnico: partes fundamentales como un engranaje, un transistor o, en el caso de la IA, una sola neurona. Después, el individuo técnico: una máquina integral, como un modelo de aprendizaje automático o un motor, que opere como una unidad coherente. Por último, el conjunto técnico: un sistema más extenso en el que diversas personas técnicas se relacionan, como una fábrica, una red eléctrica o, para decirlo de manera más actual, todo el ecosistema de plataformas digitales que emplean inteligencia artificial.
Esta separación es esencial ya que cada nivel tiene su lógica particular y presenta retos éticos distintos. No es posible evaluar la IA únicamente observando algoritmos individuales (componentes) sin tener en cuenta cómo se unen en sistemas integrales (conjuntos) que transforman el tejido social. Simondon nos instruye para que reflexionemos en varias escalas al mismo tiempo.
Hacia una cultura técnica
Simondon sostiene en su gran tesis social que la alienación no surge a partir de las máquinas, sino de nuestra falta de entendimiento acerca de este proceso genético. Cuando consideramos las máquinas como “cajas negras” que solo utilizamos y después descartamos, no nos damos cuenta de la riqueza del pensamiento humano y su historia que se encuentra en ellas. Simondon usa una metáfora reveladora: tratamos las máquinas como quien ve pasar a un extranjero cuyo idioma no comprende, y solo puede reaccionar con miedo o burla. Así nos relacionamos con la IA: oscilamos entre el pánico ante su supuesta amenaza y la trivialización de sus capacidades, sin tomarnos el tiempo de comprender realmente cómo funciona y qué representa.
El desarrollo de una cultura técnica genuina es la solución. No se trata de que todos nos volvamos ingenieros, sino de incorporar la comprensión acerca de la “tecnicidad” (la esencia y forma de ser de los objetos técnicos) dentro de nuestra cultura general. Se trata de aprender a considerar una máquina no como un esclavo, sino como un “individuo” técnico con su propia historia evolutiva, sus propias normas internas y su propia lógica interna.
En esta perspectiva, el rol del ser humano no es el de un “homo faber” que ejerce dominio sobre la naturaleza, sino el de un mediador y “director de orquesta” entre una serie de personas técnicas y naturales. Nosotros somos los encargados de establecer un vínculo armonioso entre el mundo natural y el mundo de las máquinas.
Simondon en la era de la inteligencia artificial
La filosofía de Simondon, que fue ignorada por décadas, hoy resuena con una urgencia sin precedentes. Cuando discutimos si la IA es “realmente inteligente” o “simplemente un algoritmo”, estamos replicando la antigua dicotomía que él procuró superar: nos ocupamos de los sistemas de IA como si fueran objetos inertes o como si fueran amenazas pseudohumanas, sin categorías para reflexionar sobre su forma particular de existencia. Cuando nos inquieta que la IA sea un “caja negra” indescifrable, estamos atravesando precisamente la alienación técnica de la cual Simondon hizo diagnóstico.
Sus ideas brindan herramientas exactas para los retos presentes: el concepto de concretización nos ayuda a comprender cómo los modelos de IA avanzan hacia una integración y eficiencia mayores; su concepción del ser humano como mediador (no como dueño ni esclavo) redefine las discusiones acerca de la automatización y el desplazamiento en el trabajo; su solicitud de una cultura técnica es más apremiante que nunca, dado que millones utilizan sistemas de IA sin tener siquiera un conocimiento básico sobre ellos.
Simondon no nos brinda respuestas simples sobre si la IA es buena o mala, sino algo más valioso: un procedimiento para pensar con rigor y sin miedo en nuestra coevolución con las máquinas inteligentes. En una época en la que la inteligencia artificial está transformando todos los aspectos de la vida social, su filosofía nos hace ver que el verdadero riesgo no reside en las máquinas, sino en nuestra falta de comprensión hacia ellas.
¿Cuántas de las tecnologías que usas a diario podrías explicar cómo funcionan? Piensa en tu smartphone, el algoritmo de recomendación de tu red social favorita o el GPS que te guía por la ciudad. ¿Estamos viviendo la alienación técnica que Simondon denunciaba, usando máquinas cada vez más sofisticadas que comprendemos cada vez menos?